Mientras buena parte del país se detenía, había centros que no podían parar: hospitales, residencias, supermercados, industria alimentaria, centros de distribución. Y donde no para la actividad, tampoco para la limpieza.
La declaración del estado de alarma de marzo de 2020 obligó a las empresas de servicios a reorganizar su operativa en cuestión de días, con una particularidad: fueron declaradas actividad esencial. Aquella experiencia dejó un aprendizaje que sigue siendo válido para cualquier crisis, sea una emergencia sanitaria, un temporal, un corte de suministro o un siniestro en las instalaciones de un cliente.
Tres presiones simultáneas y contradictorias
Lo que hace difícil gestionar una crisis en este sector es que las presiones tiran en direcciones opuestas al mismo tiempo. Cae la actividad en unos centros, que cierran y suspenden servicio. Se dispara la demanda en otros, que necesitan refuerzos urgentes. Y se reduce la disponibilidad de personal y de material de protección justo cuando más falta hace.
Resolver esa ecuación exige tener resueltos previamente cinco elementos.
Primer pilar: la protección del personal
Condiciona todo lo demás. Sin equipos de protección adecuados y sin formación en su uso correcto, no hay servicio posible. Comprende la dotación de EPI, los protocolos de colocación y retirada —donde se producen la mayoría de los fallos—, la distancia de seguridad en el trabajo y la gestión de casos y contactos.
Un detalle que la práctica demostró decisivo: el stock previo. Las empresas que dependían íntegramente del suministro externo se quedaron sin margen cuando las cadenas se tensionaron.
Segundo pilar: la comunicación interna
En una crisis, la incertidumbre desestabiliza tanto como el riesgo. La comunicación tiene que ser frecuente, honesta y llegar a toda la plantilla, incluida la que trabaja en centros dispersos y sin acceso habitual a canales corporativos. Es una dificultad específica del sector: buena parte del equipo no tiene ordenador ni correo de empresa.
Tercer pilar: la reasignación de recursos
Los centros que suspenden actividad liberan personal que puede reforzar los que la incrementan. Pero esa flexibilidad no se improvisa: exige una plantilla estable y polivalente, formada en distintos tipos de instalación. Es una de las razones por las que la formación multientorno del personal deja de ser un lujo y se convierte en capacidad de respuesta.
Cuarto pilar: la coordinación con cada cliente
Cada cliente afronta su propia crisis, y no todos en la misma dirección. Unos cierran, otros amplían horarios, otros cambian de actividad. El servicio debe adaptar frecuencias, franjas y alcance centro a centro, con capacidad de modificar el plan de trabajo en días, no en semanas.
Quinto pilar: los protocolos reforzados
En una emergencia sanitaria, los procedimientos ordinarios se quedan cortos. Hay que intensificar la desinfección de superficies de contacto frecuente y emplear productos con eficacia acreditada, respetando los tiempos de contacto. El procedimiento detallado está en cómo desinfectar una oficina o local comercial, y el servicio programado en desinfección preventiva de instalaciones.
El aprendizaje que más se repite
Los protocolos escritos se aplican; los improvisados, no. Disponer de procedimientos documentados antes de la crisis es lo que marca la diferencia entre reorganizarse en días o en semanas. Lo mismo vale para la plantilla: reasignar personal propio y formado es rápido, contratar y formar en plena crisis es inviable.
Aplicaciones fuera del contexto sanitario
El mismo esquema opera en emergencias de otro tipo. Una inundación en un local comercial exige movilización en menos de una hora, protocolo definido y capacidad de sostener el operativo varios días, como muestra la intervención tras el temporal en Plaza del Duque. Y en cualquier caso, la capacidad de respuesta ante incidencias es uno de los criterios que conviene verificar al elegir proveedor, según recogemos en cómo identificar un proveedor profesional.